CUBA, recuerdos de religión y chocolate

Mi familia por parte de madre es de origen muy humilde. Tan humilde
que en su mayoría, en los comienzos de los años 1950’s había sido
diezmada por enfermedades asociadas a la pobreza.
Así que un día mi abuela, presintiendo que le quedaban pocos meses de
vida y además no deseando contagiar a sus hijos se dirigió al palacio
presidencial y allí en la puerta lateral le extendió una carta a la
secretaria de la primera dama de por entonces pidiéndole que la
ayudara a conseguir alguna escuela o albergue para sus hijos.
Dos semanas después las cinco chicas, mi mamá y sus hermanas, entraban
en una escuela atendidas por monjas en un pequeño pueblo en las
afueras de la Habana, y el único varón entraba en una escuela atendida
por curas. Allí estuvieron por varios años y al salir, la huella
principal que dejó en sus vidas fue la religión católica.
Desde el mismo comienzo de la revolución hubo en Cuba un conflicto
entre la iglesia y el Estado. Es una historia muy larga y ahora no
entraré en ella. Lo que sí es importante es el hecho de que marcó la
vida espiritual de varias generaciones de cubanos.
Fue el primer evento comprendido al cien por cien por una sociedad
latina, plural y bastante religiosa: si te expresabas religiosamente,
en cualquier sentido, incluido el decir ‘Gracias Dios Mío’ podía
representar un estigma que te marcaría a ti y a los tuyos quitándote
oportunidades de estudio y trabajo.
Cuando yo nací ya el campo de batalla no existía. Había un ganador: el
ateísmo. O eso se creía. El pueblo cubano fingía que “el opio de los
pueblos” había sido extirpado de los corazones, aunque en realidad
parecía que solo había sido derrotado el dios de los cristianos, pues
los dioses africanos casi estaban intocados. Los negros, que en su
mayoría pertenecían a esa religión, con esa capacidad que les había
dado la historia y sus maltratos, las enseñanzas de una esclavitud de
siglos, se adaptaron y sobrevivieron a esta nueva experiencia. Era
solo cuestión de esperar.
Por entonces, cuando yo era niño, no podías obtener una buena posición
de trabajo o incluso entrar a la universidad si te declarabas
religioso, principalmente cristiano. Repito, es una historia larga y
llena de sutilezas, y la cuestión es que mi madre, temiendo por mi
desarrollo en un país cuya frontera era solamente el mar nunca me
hablo de Dios, ni de Navidad, ni de Jesús, ni de ángeles; nunca tuve
entre mis manos una biblia, las iglesias eran edificios abandonados y
“rezagos del pasado” (en realidad no era así, todavía algunas viejitas
asistían a misas) y por supuesto no tengo que decir que nunca fui
bautizado.
Y no piensen que esto es historia muy antigua, para nada, todavía en
los 1990´s era asi.
La cuestión fue que mi mamá tenía una compañera de trabajo con una
historia personal muy parecida a la de ella. La única diferencia era
que esta amiga y su familia tenían como objetivo irse de Cuba, sobre
todo después de que a su hija le fue rechazada la entrada en la
universidad por ser religiosa. Esta amiga iba a hacer una fiesta
familiar en su casa y me invitó. En realidad le pidió permiso a mi
mamá para que me dejara ir.
La fiesta sería el sábado, yo me quedaría a dormir en su casa y el
domingo al mediodía me regresarían a la mía. Todo fue muy bien, la
fiesta en realidad no la recuerdo mucho, pero lo que sí recuerdo
vívidamente fue el domingo en la mañana: fue la primera vez que puse
mis pies en una iglesia.
Era enorme, esta’ en la quinta avenida del barrio de Miramar, el
barrio de los diplomáticos. Había muchos de ellos y sus familias,
cubanos pocos. A pesar de que solo tenía seis años lo recuerdo
perfectamente. Todo ocurría velozmente, incluso el sermón del
sacerdote, todos los vitrales hermosos, la gente bien vestida, primera
vez que veía extranjeros y escuchaba otros idiomas. No quería que nada
se me olvidara, recorría casi que corriendo la enorme iglesia, pasaba
entre la gente, respiraba el olor de las velas, y fue tanto así que
María me llamó, y quizás un poco para calmarme o para iniciarme, quién
sabe, me dijo que por qué no me iba a ver el cristo en la capilla, me
arrodillara y le pidiera algo importante.

Llegué ante él, me lucía enorme y que sus ojos me observaban con
ternura desde su cabeza ladeada. ¿Qué podía pedirle que fuera
importante?, o al menos importante para mí.
Recordé entonces que la semana anterior, y después de mucho tiempo,
había comido unas pastillas de chocolate. ¡No hay mejor sabor en el
mundo!, y sobre todo para un niño de seis años. Pero al llegar al fin
de semana y pedir por más mi mamá me dijo que no, que se habían
acabado, y de una forma dada por la costumbre me dijo: “! y reza
porque algún día haya más porque parece ser que no lo veremos en mucho
tiempo!”
Y allí estaba yo, frente al Cristo, de rodillas, pensando en qué
pedirle. Levanté la vista y dije: “Dios mío (para mi eran lo mismo
Jesús que dios), te pido que nunca jamás me deje de gustar el
chocolate, aunque pasen muchos años”. Hice lo que vi que todos hacían:
me persigné, me levanté y con lo que hoy considero fue un tremendo
acto de fe salí alegremente de la capilla.
Y efectivamente, pasó mucho tiempo, incluso años hasta que pude comer
chocolates otra vez, me supo a gloria, me estremezco cada vez que lo
como, y siempre me viene a la mente Jesús.

Asocio el chocolate con la escasez por los años que nos faltó a los
niños en Cuba, con otros mundos, con la alegría y la navidad, con
amigos que retornan, con la fidelidad, y con la abundancia porque
todas las historias de éxito y de amor se celebran con chocolate.

cubangel@gmail.com

http://cubamigos.webcindario.com/

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